Dejad en paz a la imbécil

Confieso que he acabado sintiendo cierta simpatía hacia la imbécil a quien su hermano grabó en vídeo mientras arrojaba unos cachorros de perro a un río en Bosnia. No se trata de simpatía por lo que ha hecho, sino a pesar de ello. En realidad, si salgo en su defensa es debido a la reacción de todo un ejército improvisado de internautas contra ella. En numerosos foros he leído cosas como que las multas no bastan con ella, sino que merece la cárcel. Otros lamentan no tener un momento “a solas” con ella para hacerle lo mismo. Las invocaciones de castigos físicos son abundantes. ¿Qué persona con algo de frialdad en la sangre y mínimamente resistente a la seducción de las turbas y las muchedumbres excitadas no sentiría cierta simpatía por esta infeliz, aun condenando lo que ha hecho.

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En realidad, la reacción de las masas que piden cárcel y torturas para la chica incurren en un habitual sesgo cognitivo de nuestra empatía. La empatía, nuestra capacidad para ponernos en lugar de otro y sentir de alguna forma lo que éste siente, fue seleccionada por la evolución porque resultó adaptativa. Las probabilidades de sobrevivir dentro de un pequeño grupo humano aumentan mucho todos sienten empatía por los demás y sienten el sufrimiento y la desgracia ajenas como propios. Hume ya dijo que la base de nuestra moral no hay que buscarla en ninguna habilidad intelectual para diferenciar mediante argumentos racionales qué está bien y qué está mal, sino en algo mucho más simple: los sentimientos morales de benevolencia e indignación que brotan espontáneamente en nosotros ante determinadas acciones o cualidades. No se necesita ser un filósofo para saber que abusar de un indefenso está mal. Nuestra naturaleza humana nos inclina a aborrecer los abusos o a solidarizarnos con quien los padece, salvo que uno sea un psicópata o un autista.

Pero la evolución se parece bastante al bricolaje, mucho más que al diseño o a la ingeniería. El bricolaje se caracteriza por encontrar soluciones satisfactorias a partir de lo que uno tiene a mano. En la ingeniería y en el diseño, en cambio, se inventan soluciones idóneas, perfectamente ajustadas al problema. Si se nos suelta la patilla de una gafa, la ingeniería construirá un tornillo (o buscará uno ya construido). El bricoleur tomará un clip del escritorio, lo convertirá en un alambre, lo pasará por el agujero del tornillo de la patilla y lo volverá a enrollar sobre sí mismo para que aquélla se mantenga. La solución no es perfecta, pero es aceptable porque funciona. Con la evolución ocurre algo parecido: no puede detenerse a fabricar tornillos a medida, así que recurre a la caja de herramientas a ver qué encuentra que pueda valer. Los sentimientos morales fueron una solución así: han hecho posible que los hombres, y probablemente muchos primates, se cuiden unos a otros y aumenten así sus probabilidades de supervivencia.

Pero no debemos olvidar que nuestros sentimientos morales, y muy especialmente la empatía, fueron simplemente la solución más práctica que la evolución encontró en una caja de herramientas bioquímicas. Si los hombres hubieran sido diseñados por un dios omnisciente y ominipotente (o por un ingeniero alienígena con una tecnología biorrobótica, digamos, completa) es muy probable que nuestros sentimientos morales funcionase de otra forma, o al menos que hubieran corregido determinadas pautas humanas como errores. Por ejemplo, algunos psicólogos han descubierto que nuestra empatía no funciona de una forma completamente lógica. Resulta que, como bien saben los productores de espectáculos televisivos basados en la solidaridad de los espectadores, nos sentimos más afectados por historias individuales que por grandes dramas colectivos, aunque éstos afecten a más personas y sean objetivamente más graves. Sólo hay que fijarse ne la televisión. Cuando ocurre una desgracia como el pasado terremoto de Haití, lo que más acaba excitando nuestro sentimiento son las historias individuales que los periodistas suelen rescatar para nosotros: un niño al que rescatan al cabo de permanecer días bajo los escombros, una madre que busca a sus hijos, etc.

Quienes por edad recuerden el drama del volcán colombiano Nevado del Ruiz a mediados de los ochenta, entenderán a qué me refiero, pues lo que les vendrá inmediatamente a su mente no es la cifra de 23.000 (el número de muertos que dejó tras su erupción) sino las imágenes de Omayra Sánchez, la niña cuyo cuerpo quedó atrapado en el espeso lodo, que amenazaba con acabar engulléndola por completo. La televisión estuvo tres días mostrando imágenes de su resistencia. Los telespectadores mirábamos sus ojos, llenos de dignidad y de deseos de vivir. Una corriente de empatía unió a los testigos de todo el mundo que contemplaban en directo la mirada de la pequeña aferrada a una frágil rama y  cuyo cuerpo iba succionando el lodo poco a poco.

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Pero la cuestión es que ante la tragedia de Omayra, los 23.000 muertos se difuminaron, porque la empatía y otros sentimientos morales son especialmente punzantes cuando reaccionan ante historias concretas, y más aún si las visualizamos. Más allá de ellas los grandes números no pueden competir con las historias particulares a la hora de excitar nuestra empatía o nuestra indignación. De ahí la fuerza del cine o de la literatura frente a las narraciones historiográficas a la hora, por ejemplo, de representar el horror del holocausto ante los espectadores o los lectrores. ¿No lo sabía Spielberg cuando al filmar la suerte de los judíos del gueto de Varsovia coloreó en rojo el abrigo de una niña para distinguirlo de la multitud en blanco y negro? ¿No empleó un truco muy eficaz cuando después nos dejó ver ese mismo abrigo rojo en una pila de cadáveres? ¿No nos provocó ese momento de la película una punzada más aguda de dolor moral?

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Digámoslo: la empatía es útil, pero muy proclive al sesgo cognitivo. La suerte de una sola niña nos produce un sentimiento de dolor más intenso que el de 23.000 víctimas del mismo volcán, aunque el análisis racional nos ayude después a corregir el desfase. Por todo ello, toda teoría moral debe contar con la empatía y el sentimiento, pero también debe tener en cuenta que están sometidos a constantes errores de apreciación, e introducir herramientas de corrección. Si lo único que cuenta es la empatía, entonces debo reconocer que he sentido más la muerte de algunos animales que de colectivos humanos enteros. ¡Qué digo, incluso siento a menudo la desgracia de personajes de película más que la de mis propios semejantes de carne y hueso!

El ciberlinchamiento de la chica arrojando cachorros al río que hemos visto estos días es otro caso más de sesgo sentimental, amplificado hasta extremos gracias al poder de internet para convertir en global cualquier hecho, y para generar corrientes colectivas. Pero resulta desproporcionado en todos los sentidos, incluso si nos repugna, no ya el sacrificio de unos cachorros (algo que se hace en todo el mundo porque no siempre se encuentra quien desee hacerse cargo de ellos) sino el modo en que lo hace y la obscenidad de filmarlo y mostrarlo al mundo.