La idea de terrorismo en el Éxodo

La descripción del terrorismo más antigua que conozco está en la Biblia. No se trata de ningún relato histórico de una acción terrorista real, sino más bien a la idea de terrorismo, tal como puede entenderse en el pasaje del Éxodo sobre las plagas de Egipto. Si meditamos un poco en la narración, allí se habla de forzar al Faraón a liberar a los israelitas, no ya derrotando su ejército sino golpeando repetidamente a la población no militar con una sucesión de desgracias provocadas. ¿No nos resulta familiar? ¿No es precisamente ésa la esencia del terrorismo?


El movimiento antitaurino es hipócrita y arbitrario

El animalismo coherente debe ser vegano

Si te preocupan los derechos de los animales quizá hayas pensado hacerte vegetariano, pero me temo que eso no basta. O sea, no basta con renunciar a la carne, sino que deberías eliminar también los huevos y la leche de tu dieta, dado que hoy día la leche y de  huevos asequibles y fáciles de adquirir suelen depender de de instalaciones industriales donde  las gallinas ponedoras y las vacas lecheras son tratadas como máquinas biológicas. En algunos países, por ejemplo, las hormonas que se les da a las vacas para que maduren antes les dañan tanto su salud que, una vez sacrificadas, los matarifes pueden romper su pelvis con sus propias manos.

Esta situación tiene consecuencias para el discurso animalista, y es que quien reivindique –llamémosla así- un programa fuerte de derechos animales debería adoptar el veganismo en la mayor parte de los casos, o bien pagar por la leche y los huevos mucho más de lo que nos suelen costar en los económicos y cercanos supermercados. Cualquier otra opción puede fácilmente ser tachada de hipocresía.

Si tengo razón en esto ¿sería coherente adoptar una postura "dura" ante la lidia (llamando asesinos a los toreros, cómplices a los aficionados, calificando la "fiesta" como una forma de tortura y pidiendo su prohibición) al mismo tiempo que se recurre a la leche industrial para desayunar cada mañana?  Parece que no. Después de todo, y esto lo reconocerá el antitaurino más radical, la vida del toro de lidia, que pasa cinco o seis años en una dehesa antes de su sacrificio en la plaza, es mejor que la de cualquier vaca que nace y muere en una granja industrial produciendo en tres años la leche que en condiciones naturales produciría en veinte. En nuestro mundo industrial el coste de que millones de personas desayunen un vaso de leche cada mañana es que se conviertan en cómplices de una tortura animal más cruenta que la infligida por los toreros.

 

El movimiento antitaurino realmente existente es contradictorio

Y ahora es cuando llegamos a la gran contradicción del movimiento animalista, y más concretamente antitaurino, en España. Mientras dicho movimiento cobra fuerza, hasta el punto de conseguir  180.000 firmas por la prohibición sólo en Cataluña (pero sospecho que obtendríamos cifras no muy diferentes en el resto del país) el número estimado de veganos en el conjunto de España no debe de ser superior a los 40.000, si los datos de esta página son fiables. Eso quiere decir que al menos en España la mayoría de quienes participan en el movimiento antitaurino (por ejemplo, promoviendo con sus firma la prohibición del cruel espectáculo de la lidia) participan al mismo tiempo de formas de explotación animal considerablemente más cruentas que la propia lidia cuya prohibición reclaman.

 

La prohibición es injusta porque es arbitraria e hipócrita

En Cataluña, como en cualquier parte de España, el movimiento social antitaurino es incoherente el mejor de los casos, cuando no directamente hipócrita. Si no lo fuera, estaría en su mayor parte formado por veganos, no por ciudadanos cómplices, en su gran mayoría, con la industria ganadera. Esa hipocresía de la base social antitaurina convierte la prohibición de los toros en un acto de arbitrariedad: ¿por qué unos pueden beber leche de vacas hormonadas y sobreexplotadas, o comer carne del matadero mientras que otros no pueden sacrificar un todo de lidia en la plaza? Quienes argumentan que lo importante es que la liberación animal avance, aunque sea poco a poco olvidan justamente este hecho: la mayoría de quienes llaman tortura a la lidia y asesinos a los toreros, no es ya que miren para otro lado cuando se trata de ganadería industrial, es que son cómplices de ella desde la hora del desayuno hasta el yogur de antes de acostarse. Si la democracia es algo más que la imposición arbitraria de la mayoría sobre la minoría, si el gobierno de la mayoría debe estar sometido a condiciones como la coherencia, la prohibición de los toros es un ejemplo de maña praxis democrática, independientemente del juicio moral que nos merezca la lidia.


Corrección política

Dividir a las personas, tal como  suele hacerse,  entre defensores y críticos de la “corrección política” me parece un error. En realidad, quienes dicen estar contra la corrección política suelen defender simplemente otro conjunto de convenciones más cercanos a sus puntos de vista políticos (en un sentido amplio). O sea, en realidad todos defendemos nuestro propio libro de estilo porque éste coincide mejor con la visión del mundo que cada uno defendemos.

En mi caso, por ejemplo, soy irónico con la manía de usar masculino y femenino allí donde podría usarse el masculino genérico de forma mucho más económica, y también elegante (y juro, por cierto, que no soy machista).  Pero eso no significa que renuncie a la corrección política. De hecho, hay usos del lenguaje que ponen en guardia de forma inmediata por las connotaciones “políticas” de algunas expresiones.

Ahora me vienen a la mente dos usos que de acuerdo con mi propio canon considero políticamente incorrectas:

Uno. Decir “el alumnado” o “la ciudadanía” en vez de “los alumnos” o “los ciudadanos”. Esta convención, cada día más pujante, me resulta políticamente incorrecta porque, para evitar el denostado masculino genérico que vuelve “invisibles” a “las alumnas” o a “las ciudadanas”, se acaba haciendo algo peor: colectivizar lo que sólo son sumas de individuos. Decir que “la ciudadanía está a favor” (de lo que sea) es hacer invisibles a los ciudadanos que, haciendo uso de su libertad y de su capacidad para establecer sus propias opiniones, hayan estado en contra (de lo que sea). Cuando decimos “el alumnado” o “la ciudadanía”, como si tales entidades colectivas existieran, cuando en realidad lo que existen son ciudadanos y alumnos (independientemente de su sexo, huelga decir) estamos nombrando seres más parecidas a un hormiguero, una colmena o una colonia de insectos sociales que a una sociedad formada por individuos con opiniones e intereses diferentes y a menudo enfrentados, que es lo que para bien o para mal caracteriza a las sociedades, al menos a las democráticas.

Por todo ello encuentro políticamente mucho más incorrecto decir “el alumnado” que “los alumnos”.

Dos. Cuando hablamos de “la gente” ocurre algo muy parecido. Pero la mayor incorrección con este término es que suele usarse en tercera persona y en un tono sutilmente despectivo. O sea, como si nosotros y nuestros interlocutores no formáramos parte de  “la gente”. En el fondo, el uso frecuente de esa expresión revela un clasismo más o menos camuflado, sutil, pero persistente.